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En el día del Trabajador.

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Fotografías Por: Liberman Arango

Artículos por: Johnny Paulo Chacón ·  Santiago Cembrano · Liberman Arango ·

Implicados: Boxeador John Lenon · Tatuador: Kometa Six · Músico: N. Hardem · Reciclador: Guillermo Rengifo · Trabajadora Sexual: Jenny Montoya.

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PARTE I:
BOXEO COMO PROFESIÓN

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ARTÍCULO POR JOHNNY PAULO CHACÓN P.

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“Se golpean unos a otros entre anuncio y anuncio de televisión, y parecen coincidir en qué, a pesar de los golpes que reciben, es mejor boxear que trabajar para vivir”. Retrato de un joven púgil. New York Time 1958. Gay Talese.

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El deporte del BOXEO, tan antiguo y tan cercano en la historia del hombre, enfrentarse a puño limpio contra un rival, golpeándose siempre de la cintura hacia arriba evitando ser embestido por el contrincante. En los inicios del boxeo se hacía sin guantes y con extensos desafíos donde los púgiles eran rodeados por la gente quienes hacían de ring, mientras entre golpes de izquierda y derecha los boxeadores ponían ante el fervor del público uno de los deportes que demuestra con mayor certeza la condición humana. Caer y levantarse, tejer estrategias con el fin de descifrar el oponente, moverse con velocidad anticipando la respuesta de quien en su propio desafío intenta evitar ser batido; tener la preparación física para soportar la embestida valiente del adversario. Ver dos hombres dándose puños despierta un instinto primitivo, primario, escuchar la palabra pelea era un detonante para concentrar la atención durante el descanso en el colegio, el boxeo ejemplifica la vida misma; la disciplina, el respeto por el rival y tener resiliencia en los malos momentos muestran la cercanía de un deporte que como se dicen en el argot popular: ¡No se juega!

Hay que tener mucho valor para enfrentarse a puños contra alguien, la dulce ciencia de “golpear sin ser golpeado” es una profesión en la cual un insumo irremplazable es el contrario, el contacto físico es indiscutiblemente necesario, esa dicotomía donde el otro además del rival se convierte en la contraparte qué de no existir, no es posible llevarse a cabo la contienda. En el boxeo los oponentes se necesitan uno al otro, el sudor, la saliva, la sangre del contragolpe es tan normal que en la cabeza del púgil no se piensa en el distanciamiento social que hoy en día exige el Covid 19. Evitarse dentro del cuadrilátero es un ejercicio que rara vez puede llevarse a cabo. Es una contradicción que atenta contra la esencia que implica un enfrentamiento a puños.

John Lenon Gutiérrez, o simplemente Lenon es un boxeador colombiano perteneciente a la actual selección Colombia de Boxeo. Nacido en Medellín, pero radicado en Itagüí, este joven paisa tiene el gran sueño de asistir a los Juegos Olímpicos de Tokio. Siguiendo las instrucciones de su entrenador virtualmente, empuña sus manos para lanzar golpes al aire frente a la pantalla de su computador, salta la cuerda y hace fintas simulando aquellos movimientos que habitualmente hace de manera presencial en el gimnasio; tratando de conservar un excelente estado de forma y que su preparación no se ve afectada por el confinamiento, sin embargo el no poder tener aquel contacto físico propio de su oficio como púgil crea ciertas limitaciones en su adiestramiento. Su casa ahora es su lugar de entrenamiento, será común ver a su madre mientras lanza un jab de derecha para finalizar con un gancho de izquierda que se escurre en el aire. Para Lenon la familia es el motor que lo impulsa a seguir soportando la rigurosidad del boxeo, levantarse temprano para

acondicionarse físicamente, comer sin excederse e hidratarse correctamente hacen parte de su cotidianidad. El estar en casa permite ciertos lujos y mamá lo sabe, así que en plena cuarentena se da algunos placeres al comer que no son frecuentes mientras está en concentración en cualquier parte del mundo. Su historia personal está llena de eventos donde demuestra la magnitud de su capacidad de superación, sobreponerse al abandono, ser valiente frente a la crueldad de la calle y tener un horizonte de sueños donde el boxeo se convirtió en el vehículo ideal para ganar la pelea más dura, la batalla por vivir. Con sus 69 kg y sus 1,68 cm de estatura Lenon confía en seguir teniendo en su labor, la oportunidad perfecta para demostrar que tras todo boxeador hay una historia de sufrimiento, lucha y deseos por salir adelante. El boxeador evoca ese guerrero que no se rinde ante las dificultades, por eso cuando escucha la campana se lanza al ring en busca de todos aquellos golpes que le permitan acercar sus sueños, encuentra en la adversidad aquel impulso para sostenerse en pie y decirse en su interior: ¡aquí voy con todo, menos con miedo!, disparado por ese ímpetu que hace irremediable el triunfo y evocando uno de los tatuajes que Lenon tiene en su piel y que le sirven de soporte para lograr sus objetivos: VOLUNTAD INDOMABLE.

Así se entrena Lenon en tiempos donde no puede escapar de ese cuadrilátero llamado hogar, el permanecer en casa es una bendición, pero se extraña al oponente en esa dualidad de sentimientos que tiene el boxeador con su contrincante, por eso es tan hermoso y frecuente que después de batirse a puños, los púgiles finalicen las peleas con un abrazo puro y justo con su rival. No hay perdón, hay agradecimiento. No hay rencor por los golpes, hay humildad por reconocer quien fue mejor.

Los boxeadores se enfrentan por lograr sus sueños mientras tratan de hacerle una pesadilla a su oponente por conseguirlos.

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PARTE II
TATUADORES DESANGRÁNDOSE POR POCA TINTA

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ARTÍCULO POR SANTIAGO CEMBRANO.

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Después de 49 días sin tatuar, Kometa Six estaba tan agobiado que se tatuó a él mismo. Menos mal no era un chef, quizás habría cocinado su antebrazo. No, Kometa vive del tatuaje. Es su principal fuente de ingresos, sostiene su vivienda, su alimentación, sus vicios y su vida. “Me siento en un desconcierto total. Es extraño no sentir el sonido de las bobinas ni el peso de las máquinas, no escuchar la risa o el dolor de los clientes”, dice Kometa, que pasó de estar con personas todo el día a pasar su tiempo con su gato y sus plantas. La cuarentena lo ha dejado sin ahorros y algo paranoico por momentos al ser su mejor amigo y peor enemigo a la vez; también le ha enseñado que tatuar es su puente con lo espiritual, un camino de sanación, “una terapia mental la hijueputa”.

El viernes 13 de marzo había sido la última vez que había tatuado. Confiado en que la semana que entraba recibiría plata de los clientes a los que tatuaría y pagaría su arriendo de marzo –con el que ya lo estaba empezando a coger la tarde, además de que ya venía abril–, le abono a su papá parte de una deuda que tenía con él, y se quedó sin lo del arriendo del mes. “Justo ese fin de semana explota esa bomba, güevón: todo el mundo a encerrarse. Todas las citas canceladas. No era conveniente enfermarse con ese sistema de salud tan débil que tenemos. En una semana mi economía se fue a la puta mierda”. Quedó bloqueado, con 30.000 pesos y poco mercado. Se deprimió, su cuerpo y mente estaban débiles. Intentó dibujar y no le fluía, su mente estaba ocupada corriendo alrededor de la idea de qué iba a pasar y cuándo iba a acabar todo este mierdero.

Luego de estar ansioso y fumando todo el día, pensando en cómo iba a sobrevivir y a pagar su arriendo y demás gastos, entendió la cuarentena como un freno de emergencia a la vida veloz que llevaba, a los días en los que empezaba a tatuar a las 6:00 am, sin dormir bien y sin comer de la mejor manera. Hizo ejercicio para botar estrés y se bañó con agua fría para despejarse. Más calmado, logró acordar algunos adelantos con los clientes a los que no alcanzó a tatuar, y les agradece porque con esa plata pudo sobrevivir los primeros días. Los que siguieron fueron de dormir mucho, por la depresión y por el cansancio acumulado de todas sus vueltas diarias. “Y pensé listo, tengo comida, estoy en mi casa, tampoco me pueden sacar y no puedo hacer nada más: voy a intentar tener la mente en el presente. Si uno no controla la velocidad de Medellín se lo lleva a uno como un río, con piedras y todo. Aproveché para estabilizarme”. Luego de los primeros días duros, asimilando qué pasaba y si era real, llegaron días de la mejor actitud con máximo provecho de sus horas y otros en los que ni quería abrir los párpados.

La presencia de su gato y sus plantas fueron compañía necesaria, seres vivos con los que podía hablar. Necesitaba hablar: “Todo el día estoy con clientes y con ellos hablo mucha mierda y tiro caja. Uno se convierte en un taxista porque se la pasa escuchando historias de la gente y la gente escucha historias de uno”. Un parcero llegó a su casa de terror con dos botellas de vino y una caja de cigarros, y así Kometa supo que no estaba solo, lo que lo tranquilizó. “Gracias a esa puerta que abrió ese tigre empezaron a llegar más parceros y familiares a brindar soporte. Ya estaba descansado y me empezaron a fluir más las vueltas en mi proceso creativo”.

En las ferias de artesanías en las que los metaleros vendían manillas con taches y placas de anarquía, Kometa, cuando era niño, compraba hojas con tatuajes falsos para pegar en la piel y revelarlos con agua: calaveras echando fuego por los ojos, demonios y tribales, todos en tinta negra “En el momento que pegué en mi piel estos diseños sentí que el tatuaje atrapó mi alma por completo”, recuerda: el tatuaje ya era su vida antes de empezar a tatuar. Luego de seis años conoció a tatuadores que lo inspiraron a seguir la profesión del tatuaje, una muy seria y de respeto. Consiguió una máquina y empezó a tatuar en el colegio. Desde ese momento no había parado de tatuar casi ningún día hasta esta pandemia.

Entonces dejó el tatuaje quieto y su estudio (dentro de su apartamento) cerrado: “Quería tanto el tatuaje que tenía que alejarme de él por ese momento, para no enloquecerme más”. Aprovechó el tiempo para organizar la casa, para hacer bocetos y dibujos. Su hermana lo salvó con un mercado cuando se estaba acabando la comida, y así pudo sobrevivir más días, mientras, extrañado, veía la calle sola y le picaban las manos para salir a hacer cualquier tag. Pudo negociar un acuerdo respecto a su arriendo, luego de que parecía que lo iban a reportar por no pagar. Aceptó su situación y que no iba a salir ni por el putas. Por esos días Crime Pays lanzó el Manual de Supervivencia y Kometa lo siguió, para que no lo llevara el hijueputa: regular la alimentación, hacer deporte, descansar y aprovechar el momento. Para no envenenar su cabeza con pensamientos hizo jardinería intensiva: “a darles amor a las plantas de la casa y a conversar con ellas. Eso me pudo tranquilizar, conectarme con la tierra”. También se dedicó a cocinar: “Buenas preparaciones. todo el día me demoraba cocinando una bandeja paisa bien seria” y a “traquear” sus vinilos de salsa.

El confinamiento ha sido un tiempo para la reinvención de Kometa, para que se conozca más a fondo y explore el poder su mente y cuerpo. Ha ensayado técnicas nuevas en diferentes sustratos a partir de los elementos que tiene en casa, reciclando los empaques de cartón y papel que genera, también compostando los desperdicios orgánicos que genera en su alimentación. Ser tatuador ha pasado a un segundo plano y ha brillado su faceta de creador: lo que le apasiona es estar haciendo sin parar, lo que sea. Busca que lo que hace lo lleve a la misma satisfacción que le genera tatuar a alguien, sentir esa adrenalina y ver todo a cámara lenta, hacer las cosas bien sin margen de error, ser perfecto en cada línea y relleno en los demás procesos como lo es en el tatuaje.

Hubo un punto en que no pudo ignorar más el llamado del tatuaje, pues en el silencio escuchaba al fondo de su mente el zumbido retumbante de la máquina, estaba empezando a alucinar. Entonces abrió el estudio y lo organizó como solía hacerlo todos los días: “Barrer, trapear, sacudir todo. También organizar y limpiar las máquinas, aceitarlas, darles cariño. Empecé a llamar el tatuaje pa’ que llegue cuando esté, porque estoy descansado y me hace mucha falta”. Recordó así lo placentero de pillar el resultado final de un tatuaje, ese cambio corporal que experimenta una persona y, finalmente, la satisfacción con la que se van “Sentir cómo entra la aguja tantas veces por segundo y deja una línea. Es algo muy chimba lo que se siente al tatuar”. También había días de angustia porque había cada vez menos comida en la nevera y se acercaba otro mes, otra cuota de arriendo y de otras cuentas las cuales tiene que pagar. La corrupción y la degradación capitalista, en la que todo sigue igual dentro del caos, aumentaron su convicción de lucha latina; pensar en su familia y en sus parceros, su preocupación.

No es claro cuándo terminará la cuarentena, pero Kometa sabe que tiene muchos proyectos alrededor del tatuaje que tiene que terminar, por el cliente y por él mismo, por su paz. Si el coronavirus se extiende y permanece invisible y acechante, “no tengo problema en cambiar mi vida drásticamente y dedicarme a otros proyectos artísticos que me hagan feliz, como lo ha hecho el tatuaje. El ser vivo más fuerte es el que termina adaptándose a lo que está viviendo, y podré recordar al tatuaje con gratitud y respeto por llevarme a conocer personas inauditas, lugares que jamás pensé visitar, desarrollar habilidades nuevas y ponerme en el lugar en el que estoy”.

Las marcas en la piel le recuerdan a Kometa personas, y fechas y momentos imborrables, como esta cuarentena. Le agradece al encierro, porque lo hizo entrenar sus habilidades para estar listo para arrancar como un toro que sale de la oscuridad directo a perforar el hígado de un torero. “Me ha ayudado a vivir el presente y valorar lo mucho o poco que tengo, a las personas que están a mi lado, al arte. porque sin él no puedo vivir”, dice. Al final, adicto, ya las manos le picaban y sudaban por no sentir el calor y la vibración de la máquina. Esto, sumado a la ansiedad que trae de no generar dinero y solo gastar lo poco que tiene, lo llevó a sellar y transmutar con un tatuaje esos sentimientos huracanados. “Por eso decidí rayarme, porque es un momento que nunca pienso olvidar”.

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PARTE III
NO LE PREGUNTEN MÁS AL RAPERO BOGOTANO N. HARDEM COMO LLEVA LA CUARENTENA

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ARTÍCULO POR SANTIAGO CEMBRANO.

[/vc_column_text][vc_zigzag][vc_single_image image=”3841″ img_size=”full” alignment=”center”][vc_zigzag][vc_column_text]No le pregunten más al rapero bogotano N. Hardem cómo lleva la cuarentena: es lo que pregunta todo el mundo, y ya le sabe medio a mierda. Eso sí, la lleva mejor a finales de abril que cuando empezó, pues entonces las ansiedades estaban surcando su mente como resultado de un cambio de ritmo muy agresivo. “Veníamos haciendo muchas cosas y, de repente, el ritmo se detuvo”, reflexiona. Lo plantea también como un asunto mental y personal, y por eso ha buscado adaptarse a las circunstancias actuales para mantenerse sano y en movimiento, sin parar de hacer lo que quiere.

Aunque los días de cuarentena no han sido de encierro total para Hardem –que desde su debut con Cine Negro en 2014 ha publicado en total 5 EPs, siendo Tambor 2 (2019) el último de ellos–, se acerca a la cuarentena como una oportunidad para cambiar y alejarse de la velocidad máxima que la calle impone. “La calle en Bogotá es una vuelta que absorbe demasiada energía y estimula demasiados sentidos, castiga y cansa. Quizás haya que establecer un balance entre el tiempo que uno gasta fuera y aprovechar este momento para cosas distintas a lo que uno está acostumbrado”.

Siempre ha tenido sus etapas de encierro, una suerte de compensación. Más allá de cuando acompaña a sus panas a pintar, da conciertos o está en algún andén, su quehacer como escritor de rimas y hacedor de beats tiene lugar en el encierro, por lo que ha tenido cosas para hacer mientras aparecen nuevas ideas. En todo caso, aún si los cyphers se hacen extrañar, él y los suyos siguen haciendo suceder algunas cosas, vida, arte, comunidad. “Encerrado, pero tratando de que no se pierda el rap ni divagar demasiado en la introspección y en esas güevonadas”.

Para que no se pierda el rap, viene avanzando en procesos que ya venían desde antes de la cuarentena, creando nuevas obras y también dándole sentido a ciclos que han surgido recientemente, en el contexto de la cuarentena, para “reflexionar sobre ellas y ponerlos en el sitio que creo que corresponden”. La distancia a la que obliga la cuarentena ha consolidado a internet como el espacio de difusión, comunicación y comunión por excelencia, incluso aún más que antes; aún así, la creación de Hardem ha ido de la mano del propósito de que su energía creativa siga circulando física y, ojalá, presencialmente, algo a lo que le ha apostado en los últimos años. “Sería un desperdicio que todo se quedara flotando ahí en internet. Igual estoy divirtiéndome de otras maneras, aprendiendo y edificando”.

La cuarentena no es el espacio más fértil para la creación, pues con el tiempo libre que supuestamente llega vienen también las consecuencias emocionales de un mundo en llamas. Ahora que algunos compromisos ya no están, Hardem sí ha podido detenerse más en algunos pensamientos o ideas, y explorar sonidos con más calma. “Espontáneamente también han llegado nuevas posibilidades de hacer cosas con otra gente que hace músicas distintas; han llegado nuevas músicas y he escuchado un montón. “Detenerse en esas pequeñas cosas por supuesto que alimenta y sirve para inspirarse”. La mirada pausada funciona para fijarse en lo que ya estaba ahí pero que se hacía casi invisible en medio de la prisa y el caos. El caos sigue, pero es uno lento, con grietas por las que se puede apreciar una nueva canción, por ejemplo.

Como para todos los músicos en Colombia, el formato en vivo es un eje fundamental del sustento de N. Hardem. Hasta ahora ha sobrevivido sin conciertos, e incluso él mismo se pregunta cómo, aún si ha sentido el golpe y las posibilidades truncadas, más allá de que en su proyecto no hay tantos conciertos grandes que le den lo necesario para uno o dos meses. Las regalías digitales de plataformas de streaming lo han sostenido, y por ahí han aparecido algunas ventas por Bandcamp. Esto ha ido de la mano con las ventas de “Virgo” (un sencillo con Gambeta que, por ahora, solo está en vinilo) y algunos discos de Cine Negro, procesos en los que la tienda Kick Botón ha sido fundamental. Hardem reconoce el dinero como fundamental, pero busca no convertirlo en un motivo de frustración más allá de poder estar vivo y estar tranquilo. Admite que puede estar hablando desde una posición cómoda, pero aclara que, aunque no tiene el control más riguroso de sus ingresos y egresos, no ha dejado de comer bien, de cocinar tranquilo y de compartir con las personas que vive y con algunas más. “He sobrevivido a base de querer estar y no ceder ante la presión y las maricadas”.

Si amplía la mira, lee en la coyuntura nacional las condiciones para un estallido social el hijueputa como resultado de la falta de garantías y subsidios que sí pueden existir en Estados de bienestar europeos, que además cuentan con menos gente y menos pobreza. La posibilidad también existe para retar al sistema y al dinero como su eje central, para entrar en la economía del sancocho: “Cada uno va poniendo su parte de lo poco que tiene para alimentar a la comunidad y no dejarse caer, eso fortalece el tejido social, la confianza y los lazos. No se pueden perder los vínculos y la sensación de que el otro está ahí para construir y apoyarme, no solo para quitarme lo que tengo”. Es en lo que piensa cuando va a la Plaza de Mercado de la Concordia, donde los huevos llegan cada vez más caros o el queso no llega, mientras en las veredas los campesinos no tienen a quién venderle sus productos ni cómo llevarlos a la ciudad. “Es un caso doloroso, que muestra lo hostil que es nuestra normalidad, lo poco pensada que está para el servicio”.

En la búsqueda de balances en medio de la cuarentena y la pandemia, N. Hardem busca un equilibrio informativo y así mantener a raya el consumo de información, porque lo que plantean los medios de comunicación no le han hecho ningún bien ni lo han sosegado. Busca prestar atención y estar presente, y no permitir que se enfríen los vínculos y lazos que ha construido. “Esto no tiene que ser estar ansiosos y llamar o escribir todo el tiempo, sino pensar en el otro, estar en mente y espíritu”. Esto no es tarea fácil: la pandemia ha desbaratado una parte grande del tejido social bogotano, más aún en el área cultural en la que Hardem se mueve, como los encuentros de música en vivo –cada día que pasa es un día menos de ingresos para los venues que son hogares de cultura y música en vivo en Bogotá– o, por otro lado, la acción comunitaria que había encontrado orden y fuerza para llegar al Paro Nacional de 2019.

Al final, Hardem se queda con la posibilidad de formas de estar o vivir más conscientes y menos aceleradas y hostiles, con los demás y con nosotros mismos, vías de intercambio entre la gente. Al final, también, todo esto es insuficiente para una vida plena. Las personas con las que comparte, dice, están consumiendo únicamente lo necesario para la supervivencia, y eso es positivo, pero ¿dónde queda el resto de la vida? ¿Dónde quedan la música, el entretenimiento, la cultura, la calle, el encontrarse con amigos? ¿Dónde queda todo lo distinto a estar en la casa encerrado viendo la pantalla pretendiendo que es fuego?[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_zigzag][vc_separator color=”black”][vc_zigzag][vc_column_text]

PARTE IV
ANDAR EN LA ESPESURA DE LA MALEZA

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ARTÍCULO POR LIBERMAN ARANGO.

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Se acercan las diez de la noche en Medellín, un poco más adelante de la parada permitida el bus 310 CALASANZ BOSTON se detiene. Un hombre grande de contextura gruesa y una maleta gigante a sus espaldas, pregunta al conductor si le recibe unas monedas como forma de pago. La transacción es efectiva, unos cuantos centavos de dólar compran la posibilidad de no caminar por las solitarias calles de un jueves en el centro de la ciudad. Cansancio evidente, camiseta tipo polo gris, blue jean ancho y unas botas negras sin marca identificable, visten la apariencia de este individuo de habla hispana. Reconozco ese semblante trajinado del viajero que resuelve diariamente su futuro, este, sin embargo, no se deja atrapar por el afán rutinario, en una arrugada hoja de cuaderno cuadriculada revisa una lista de cuentas, algunas enmendaduras, restas, sumas y señales, hacen de su libro contable el testigo de sus odiseas financieras. El contenido de su equipaje será un misterio sin resolver, pero no cabe duda que es un mercader entregado a las correrías sin importar los límites geográficos.

La misma historia, diferentes cuerpos, misma ciudad, diferentes tiempos. Antes, después. El encierro se vive mucho antes del COVID-19. 

Y nos devora, arruga la piel, entorpece los movimientos, nos llena de aliento, da tregua al nacer, cubre de llanto los sepulcros, perdona lo mal sentido. ¿A dónde vamos entre tantas preguntan sin respuestas? Ya vamos, lo estamos transitando, es este ahora, uno único, sin repetición, denso, tormentoso, desagradecido, feliz, elocuente. Confronta cada articulación de nuestro cuerpo, nos enseña a respirar para no ahogar.

GUILLERMO RENGIFO.

Los días se tornan desconcertantes, antes eran $45.000 pesos de ganancia en una jornada de 12 horas, ahora pocos rastros quedan de aquellos momentos. En solitario trasiega por la vida Guillermo Rengifo habitante del barrio La Nueva Jerusalén, un terreno habitado hace apenas 20 años. Allí junto a más de 11.000 familias buscan la manera de sobrevivir.

Su cuerpo deja ver 54 años de mucho trabajo, manos fuertes, robustas, mirada sigilosa, gestos calmos, silente. Pocas son sus pertenencias materiales, su morada no supera los 5 metros cuadrados. Una cama pequeña, cajas llenas de objetos que ha ido guardando durante estos 28 años de andar las calles, ropa sin muchas marcas y una que otra imagen religiosa engalanan este hogar.

Recorre los barrios aledaños a pie en busca de materiales reciclables, los carga en costales seleccionados por categorías: papel, cartón, vidrio, chatarra, cobre y plástico. El valor de cada uno es cambiante, así como la bolsa de valores sube y baja, él depende de los dueños de las chatarrerías. Sus gastos se reducen a un mercado de $150.000 pesos para el mes, lo restante hace parte del sueño que lo trajo hasta éste territorio, tener un techo propio donde descansar.

El COVID-19 al parecer le cuesta entrar a La Nueva Jerusalén, aquí las fuerzas de control están muy lejos de usar traje y habitar una oficina con aire acondicionado. La vida continúa con o sin pandemia, el mercado escasea, las medicinas son un lujo, los tapabocas no tienen un solo uso, los guantes valen lo mismo que una libra de arroz.

Envases de cerveza vacíos, trozos de electrodomésticos, latas, cajas, muchas botellas y bolsas plásticas están acumuladas en la entrada de su casa, llevan 34 días de encierro. Aunque no se pueden vender Guillermo sigue saliendo día a día con la ilusión de no dejar ir la normalidad de su soledad, las últimas semanas sus ingresos diarios no llegan al 30% de lo acostumbrado.

JENNY MONTOYA.

Jenny Montoya deambula por las esculturas desnudas de Fernando Botero en cercanías de la emblemática iglesia de la Veracruz, motos de policía transitan constantemente según ellos resguardando el orden público. Un par de cuadras más al norte las mismas motos siguen su recorrido, pero pasan de largo por los expendidos de droga, los comparendos son efectivos para los desprevenidos transeúntes o para las trabajadoras sexuales que no tienen otra opción que seguir saliendo a sus lugares de trabajo.

La noche es más larga en el calabozo, un trozo de pan francés y una bebida que varía según el día es la cena de Lorena. Reincide en muy poco tiempo, dos comparendos en menos de 15 días. La autoridad es letal y le llevan esposada, las otras trabajadoras sexuales buscan donde resguardarse mientras los hombres que buscan por poco dinero sus servicios observan con toda tranquilidad.

La dinámica evidentemente ha cambiado, las tarifas están siendo manejadas por cada cliente, sacan provecho de las circunstancias, saben que éstas mujeres no tienen otra alternativa. $12.000 pagaba Lorena en el inquilinato donde vivía, $10.000 por su comida (cuando tenía apetito), $15.000 para la manutención diaria de sus hijos.

El Ministro de Vivienda Jonathan Malagón anunció el pasado 21 de marzo que “queda prohibido el desalojo de familias que estén en arriendo, bajo ninguna circunstancia”, pero no tiene ni idea cómo se vive en la marginalidad de Medellín. Al día siguiente Lorena fue expulsada con sus dos hijos por no tener cómo pagar. Encontró un nuevo espacio por $5.000 pesos diarios, aunque aún debe pagar lo que adeuda en el otro inquilinato. 

CIERRE

Final de los días desbordados.

La madrugada es la hora de pensares dominantes, desconciertan el cuerpo, nos aturden. Bajo el puente de la Avenida Oriental, en el barrio Niquitao, la hostilidad es severa, la sobrevivencia no es una elección, el transito es constante, indígenas han poblado este sector, una pensión les ofrece a bajo precio un techo donde resguardarse de la devoradora capital antioqueña. La mayoría de hombres permanece en el encierro de las pequeñas habitaciones, donde cabe una cama o camarote, según la cantidad de habitantes por familia, y una hornilla para cocinar, la mayoría de ellas alimentadas por petróleo. Las mujeres se asientan en las calles con sus hijos pidiendo monedas, otras venden colares que tejen durante la noche con sus esposos, algunas bailan o cantan, el propósito reunir un poco más de veinte mil pesos para cubrir los gastos de vivienda y alimentación. “A los hombres no les dan empleo en ninguna parte, a nosotras y los niños nos colaboran más fácil”.

No es un relato del pasado. Para muchos no existen los 42 días de aislamiento obligatorio.

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