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Esquiva Quietud

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 Texto por Santiago Cembrano · Fotos de archivo por Liberman Arango

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PARTE I

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Esto está muy duro, toca salir y arriesgarse a ver qué se puede hacer, dice el taxista mientras maneja hacia la Plaza Minorista de Medellín. Lleva tapabocas y ofrece gel antibacterial. El carro avanza rápido y sin prisa por las calles casi vacías. Casi, porque la ciudad aún está activa. El metro va con gente y hay personas esperando a que pase el bus: no se ha detenido todo. Es martes 24 de marzo, a pocas horas de que empiece la cuarentena de 19 días decretada por el presidente.

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En la Minorista hay promociones y verduras frescas; cientos de personas y mucho mercado. A la hora de pagar el taxi, se siente la torpeza que imponen los guantes y las demás medidas de precaución. La ciudad es la misma, pero la actitud confundida y precavida –aunque arriesgada al salir de casa– de todos los que la recorren la hacen extraña. Tan extraña como operar la cámara o abrir la riñonera con los dedos cubiertos por el látex de los guantes. De la Minorista entran y salen bultos, mercados y canastas de fruta. Unos compran para sus casas; otros, para surtir los mercados locales de cada barrio. Se siente el peso invisible del Coronavirus. Aunque quizás no sea tan invisible: citando mal, el Coronavirus son los otros.

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Este día es de limpieza y desinfección en la Minorista, llevada a cabo por la empresa CleanPRO y sus voluntarios, alrededor de 10 personas en total. La convocatoria de voluntarios la hacen de la mano con las corporaciones Motsta y Epígrafe. El mercado de CleanPRO, que lleva dos años en el mercado, lavando también tapetes, sillas y demás cosas del hogar, se activó con esta crisis sanitaria, por lo que ya han hecho algunas brigadas de limpieza. La Minorista era uno de los focos en los que querían concentrarse. Un lugar así debería ser limpiado y desinfectado todos los días, pero la logística y el presupuesto no dan para tanto. El Coronavirus nos ha puesto a cuestionar nuestras medidas de higiene, nos ha hecho sensibles a la limpieza de una forma en la que antes no lo éramos. Cada lavada de manos o cada limpieza masiva trae la esperanza de prevenir por un rato más la llegada del virus. Quién sabe si en la nueva normalidad que construyamos después de esta crisis perdurarán estas medidas.

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Son las 7 A.M. Desde las 4, cuando se permitió el ingreso, empezó a llegar gente. Unos pocos taxis esperan sobre la Avenida Ferrocarril a que alguien los convoque, para ellos también poder mercar luego. Frente a la Minorista, vendedores ambulantes –varios de ellos con acento venezolano– publicitan tapabocas (semi)lavables. En la puerta, los guardias (sin guantes ni tapabocas) aplican antibacterial a los que van entrando; al menos a los que corresponden al llamado y no los esquivan, o a los que están cerca de ellos entre la masa que entra y sale. No todos entran con tapabocas.

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Las barandas, los pasillos, las carretillas, las canastas, las calculadoras, los paquetes: todos los espacios y objetos comunes y expuestos al público –posibles puntos de contacto y contagio– reciben la atención de la brigada de limpieza. La brigada tiene que actuar y hacerlo rápido, aún mientras las personas compran sus provisiones. Cubiertos por un traje blanco avanzan los brigadistas. Como salidos de Star Wars o de Chernobyl, rompen con la cotidianidad de comprar comida y cualquier ilusión de que este es un día normal. Al principio, la reacción general es de alarma: nada bueno puede estar pasando si un grupo que hasta parece disfrazado va fumigando lo que se atraviesa en su camino. Cuando, por los altoparlantes de la Minorista, se anuncia que la sustancia que aplican no es tóxica y que esta limpieza ayuda a todos, la gente busca aprovechar el momento. Écheme en las manos. Écheme aquí. Écheme allá. Como la Minorista, varios quieren y necesitan su limpieza.

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En algunos lugares de la Minorista, la brigada es una presencia bienvenida por más que su limpieza. En un bar, que en otra mañana habría estado poblado por tomadores de frescos y escuchadores de temas, solo está su dueño. Les regala a todos los voluntarios una soda, y así se siente acompañado por un rato. Para los voluntarios es un momento de calma y pausa: todos jóvenes, deben cargar el tanque pesado sin quitárselo en ningún momento. En otros sitios de la plaza, algunos comen sin problema ni prisa. En una panadería, un aviso informa que también se venden tapabocas. Los que compran alimentos tienen que alejarse un par de metros para consumirlos, pues no hay mesas. ¿Acá estoy bien?, pregunta un hombre desde 150 centímetros de distancia. Sí, ahí está perfecto, responde el dueño de la panadería. 

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Afuera, los que no tienen para el taxi esperan un bus, que puede tardarse media hora o más, por la frecuencia modificada. Adentro, los precios subieron: un mercado normal de verduras de 40.000 pesos en un día normal (de la normalidad de AC, antes del Coronavirus) cuesta 72.000 pesos. Escasean la pasta y los atunes. Algunos trabajadores, varios de ellos venezolanos, buscan margen de ganancia en cualquier maniobra, cada centavo aporta: se carga lo que haya que cargar con tanta energía que parece frenesí o dolor. Activos en el rebusque para lograr comer y cuidar de sus familias, descuidan las medidas de limpieza. En el punto de información se recoge comida destinada a mercados para personas que no pueden comprarla. Esa comida también la necesitan los que no tienen más opción que salir a trabajar ese y los demás días que vienen. Antes de pensar en aislarse del virus hay que poder pagar dónde dormir esa noche.

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En la Minorista se han discutido medidas de limpieza, difíciles de implementar para controlar a tantas personas. La gente sigue entrando y saliendo de la Minorista. Los que cargan los mercados recibían 2.000 o 3.000 pesos por mercado. Varios de ellos son ancianos, que cargan las bolsas en carretillas. También hay viejos atendiendo sus tiendas, pero pocos mercando. Demasiada población vieja para todos los riesgos que corren en una situación como esta; demasiadas razones por las que no hay otra opción que salir y seguir trabajando. Hay pocos niños; algunos revolotean por ahí, probablemente hijos de trabajadores del lugar. Sí hay varios bebés.

Un hombre paga para entrar a los baños, abiertos sin ningún cuidado adicional. Ya llegará allá la brigada de limpieza.

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PARTE II

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El metro, con una frecuencia mucho menor a la habitual, comunica a los que salen de sus casas con el lugar donde pueden comprar o vender, ganar el día o la semana. En la mañana, el metro está repleto. Si tienes que llegar a trabajar, tienes que llegar. Que sí, que es importante aplanar la curva y no salir de casa, pero tu jefe te espera y necesitas el trabajo. Ni modo. Dentro de lo posible, cada uno toma sus medidas de protección. Pocos tienen tapabocas, pero no se agarran de las barandas ni de los tubos, intentando exponer la menor piel posible a las superficies del tren. Si es posible, se toma distancia del de al lado; si no, pues nada, esperar a llegar, ojalá rápido. No se oye ningún tosido ni estornudo en el trayecto: la tensa calma se mantiene.

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Es martes 24 de marzo y muchos buscan salir de Medellín hacia otras ciudades o pueblos aledaños, el último día antes de que empiece la cuarentena oficial y sea aún más difícil salir de la ciudad. Buscan, quizás, una mejor situación para pasar la cuarentena, o encontrarse con los suyos. A las 8 A.M., la entrada de la Terminal del Norte de Medellín anuncia un día agitado. Los que buscan irse avanzan con prisa y premura hacia adentro de la terminal, esquivando a policías con tapabocas y a equipos de televisión que registran el día. ¿Por qué decidió viajar hoy?, pregunta el reportero; Tengo que llegar a mi casa, acá no tengo donde quedarme, ya me quedé sin plata, responde uno; No había podido irme antes, todo pasó muy rápido. Ya no tengo trabajo, contesta otro.

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Si había esperanza de salir en bus de Medellín al ver la Terminal tan activa desde fuera, esta se disipa rápidamente. Guardias de seguridad franquean el paso hacia el primer piso, de donde salen los buses y se compran los tiquetes, delante de una cinta de seguridad. No hay buses hoy, ya dieron la orden. ¿Quién dio la orden? Ellos, como siempre, aunque nunca se conocen sus nombres. Definitivamente no fueron los guardias que, cubriendo distintas escaleras, intentan explicarle a la gran aglomeración que ellos no pueden lograr que los buses salgan. Señor, voy para Marinilla, déjeme pasar, ruega una mujer que iba llegando a los 60; Solo hay buses a Rionegro, nada más, ahí verá si le sirve. Frente a la cinta de seguridad se va amontonando más y más gente, algunos con tapabocas, que no encuentra respuesta a sus plegarias.

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No podemos quedarnos acá varados. Yo llevo desde ayer buscando salir. Hay que exigirles que nos dejen viajar, que nos den solucionen, exclama una mujer con una mano que sirve de signos de admiración y la otra que sostiene su gran maleta. ¿Saben de quién es la culpa? Del presidente. Debió haber cerrado las fronteras antes. No hizo nada y ahora nos tiene jodidos. No nos podemos dejar. ¿De quién es la culpa? El discurso de la mujer no tiene la respuesta esperada, mientras un grupo se va acercando para escucharla. La culpa es nuestra, de nadie más, responde un calvo de gafas en sus 40. ¡No!, grita la mujer entre algunas risas nerviosas alrededor, mientras el ánimo con el que había empezado su mensaje se convierte en angustia ante la perspectiva de no poder viajar.

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Un hombre barbado en sus veintes pregunta por el bus a Bogotá de Bolivariano de las 9 AM. No hay buses, solo a Rionegro. El hombre insiste: ya compró su pasaje, y la impresión que tiene en su mano lo demuestra. El guardia lo deja pasar. Llega a Bolivariano y todo está cerrado: nadie responde por el tiquete que certifica que un bus saldrá a las 9 AM de la Terminal del Norte de Medellín hacia Bogotá el 24 de marzo. Si la medida de cerrar casi por el completo el flujo de la Terminal apunta a evitar posibles contagios, tiene el efecto colateral de crear grandes grupos de decenas de personas y de que, para avanzar, sea imposible hacerlo sin tocarse con todos los que esperan y reclaman. 

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El hombre barbado, cuando llega a la entrada de la sala de espera, se encuentra con un nuevo grupo, una nueva cinta de seguridad y un nuevo guardia que, cansado y con tapabocas, explicaba que no hay buses. Ni a Cali, ni a Manizales, ni a Bogotá, ni a ningún lado; solo a Rionegro. Entre los gritos de todos los que reclaman y piden atención a su caso, un auxiliar pregunta números de cédula a dos viajeros que tienen pasajes hacia un destino indeterminado. Solo dos puestos de información están abiertos. Tienen que llamar a la ruta que les vendió los pasajes y que les devuelvan la plata, yo no puedo hacer nada al respecto. Es la culpa de ellos. Ahí estaba de nuevo esa tercera persona plural que recibe todos los batazos, un saco de boxeo hacia el que todos dirigen la responsabilidad.

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Los que quieren viajar tendrían mejor suerte si tuvieran la plata para comprarla y también un pasaje de avión. Esa noche, el aeropuerto José María Córdova es el negativo de lo que suele ser: todas las tiendas cerradas, casi ninguna persona, todas separadas. Una mujer francesa le suplica al guardia que la deje entrar para comprar un pasaje. No se están vendiendo pasajes, solo pueden pasar los que ya lo compraron, responde él, mientras ella pregunta que entonces qué va a hacer, si se va a quedar atrapada en Medellín. Los guardias guardan las entradas y también a ellos, los que deciden, pero no tienen que dar la cara. Los que sí tienen su pasaje pueden avanzar sin problema para coger los últimos vuelos a todo el país. En la sala de espera y en distintos lugares hay dispensadores de antibacterial, esa medida ubicua con la que las instituciones cumplen su tarea. Si bien los viajeros tienen distintos destinos, todos tienen el tapabocas en común: una legión de precaución y confianza en la tela y la boca oculta como remedio ante los virus.

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PARTE III

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¿Por qué siguen activos los vuelos y no los buses? Hasta para salir de la ciudad o poder escoger donde pasar la cuarentena hay que tener cierta cantidad de plata. En bus, no; en avión, sí.

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Pasado el mediodía, dos señores se despiden frente a la Minorista y se dan la mano. Uno lo explica, quizás consciente de lo raro que es saludar de mano, algo tan básico en la época de AC, por esos días. Pastor, lo saludo de mano porque estamos bendecidos y no se nos puede pegar ese virus.

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Es martes 24 de marzo y en redes sociales muchos ciudadanos colombianos, ante las fotos de conglomeraciones, algunas en medios de transporte, publican sus reproches: que si no entendieron, que así es como se contagia el Coronavirus, que qué irresponsabilidad, que la policía haga algo. Es entendible su molestia: estas semanas son claves para contener el avance inclemente del Coronavirus, y eso solo se logra quedándose en casa. Sin embargo, nadie en la Minorista ni en la Terminal –tampoco en el metro, ni los taxistas– parece feliz de estar ahí, o haber salido de sus casas como quien va a la tienda a comprar un helado. La mayoría está cumpliendo un deber, o haciendo lo necesario para estar mejor.

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Ha hecho carrera la idea de la cuarentena como un privilegio, pero es más acertado pensarla como un derecho. Ante una pandemia, todos los ciudadanos –salvo los que tienen trabajos esenciales para que la sociedad no se desmorone mientras tanto– deberían poder resguardarse en sus casas y esperar a que el riesgo disminuya. Plantear la cuarentena como privilegio oculta la responsabilidad que tiene el Estado de construir un enfoque de salud pública integral, bajo el que nadie tenga que salir a la calle ni arriesgarse a enfermarse o enfermar a los demás. Y esto, obvio, va de la mano con discusiones sobre desigualdad, sobre por qué hay personas que tienen que trabajar cada día para poder despertar el siguiente, personas con cero margen de error o maniobra. La cuarentena no es un privilegio, es un derecho que no se está cumpliendo; uno de tantos. Si dejamos que se configure como privilegio, estamos aceptando su excepcionalidad, en vez de insistir sobre la necesidad de que el derecho a no estar expuesto en una pandemia sea para todos.

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Ante la pregunta de por qué no lleva tapabocas, uno de los tipos que carga el mercado en la Minorista responde ¿Cuándo va a volver, pues? Yo siempre estoy por acá pendiente y le cobro lo mismo. Ni siquiera tiene tiempo para considerarlo, está absorto por cada vuelta, por los siguientes 3.000 pesos. A la salida de la Minorista, un taxista, que segundos antes estaba comprando un radio robado a un habitante de calle, da una tarifa inflada y única para ir al destino propuesto. Hay pocos carros, es necesario aceptar. ¿Qué noción de comunidad hay cuando para cuidarnos del Coronavirus hay que cooperar entre todos, pero hay unos que no pueden detenerse a pensar en la comunidad porque se quedan sin qué comer? Hay un individualismo violento que sale cuando nadie te va a dar un pan si no vas por él y se lo arrebatas a la vida.

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Medellín y Colombia siguen inseguras. A los habitantes de calle la Policía los está encerrando como medida de protección ante el Coronavirus. Este día, cientos de venezolanos llegan a la Alpujarra, atraídos por un anuncio falso de un subsidio que recibirían de parte de la Alcaldía. Que fuera mentira, junto con el hambre y el desespero preexistentes, desata el caos. La crisis del Coronavirus no solo es de salud pública, es claro: se está metiendo en la cabeza de la gente en forma de miedo o ansiedad. Si el día a día ya es incierto para un gran porcentaje de habitantes de Colombia, esta coyuntura solo nubla más el devenir. Y ante un futuro incierto, se vive por horas: el resto se solucionará después. Las precauciones sanitarias pueden esperar si el riesgo viene con la posibilidad de asegurar un día más, de un día menos de hambre. Y si los días pasan y esa hambre sigue aumentando, las calles no estarán vacías. Hambre o Coronavirus, elige tu tortura.

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Los que están en las calles el día antes de la cuarentena general –varios de los cuales seguirán en las calles durante la cuarentena– quizás piensan en sí mismos primero que en los demás y en no contagiarlos ni ser un vehículo para que el virus se propague. En esta suma de individualidades que van a por lo suyo, los tapabocas dan, por un momento, la ilusión de una colectividad.  En la Terminal y en la Minorista hay escenas en las que los tapabocas hermanan a todos, les dan un mismo rostro. Cada uno con su búsqueda particular, claro, pero agrupados por la prevención frente al virus, con un vínculo tangible con esa tela que cubre parte de la cara. Tiene algo de democrático el Coronavirus: Kevin Durant y Tom Hanks lo tienen; la plata no es antídoto. La plata y la seguridad suficientes, junto con la certeza de un plato de comida caliente en un rato, sí permiten quedarse en casa tuiteando sobre por qué tanta gente está en la calle como si no supieran que hay una pandemia.

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¿Será que el virus ya está en la Terminal o en la Minorista? ¿Alguien lo trae o lo lleva a su barrio? No lo sabremos sino hasta dentro de un par de semanas, por el silencio con el que se propaga el virus y sus efectos muchas veces retardados. Nos cuesta pensar en el Coronavirus, por eso los presidentes le asignan malas intenciones y lo plantean como un villano que nos quiere atacar. Como si hubiera intención en los virus; como si eso importara. Quizás esa falta de tangibilidad permite mentirse por un rato y pensar que todo estará bien si salgo a trabajar un día más. Y si al final uno de todos los que estuvo en la Terminal o en la Minorista o buscándosela en la calle sí tiene Coronavirus, no habrá forma de saber cuándo fue el contagio. Por eso, es probable que el miércoles 25 de marzo muchos salgan a la calle y continúe el baile.

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